martes, agosto 03, 2010

Tú, yo y el tiempo.

Atardeció muy rápido. Tú aún estabas sorprendida con todo el tiempo que pasamos juntos, con todo lo que platicamos, reímos, compartimos, vivimos. El tiempo implacable, solo aparece en nuestras despedidas y dos o tres horas nos separan del siguiente contacto. De esa necesidad mutua de tenernos, de tocarnos, de buscar el mínimo pretexto para susurrarnos al oído la última aventura de ese personaje místico que a veces porta su caperuza roja y otras suele danzar con lobos que no comen abuelitas, jugar en el pantano con ogros que no son verdes o desaparecer a galope con algún príncipe encantado que con un beso deja de ser sapo para saciarle sus antojos.

A tu lado el tiempo elimina lo externo y no hay palabra que signifique soledad, aburrimiento ni cansancio. A tu lado nada provoca el hastío crónico de un mal de amores porque nuestro amor pertenece a otra dimensión. Esa, en la que el día se funde con la noche y el tiempo no cuenta.  Dimensión en la que el espacio dota a nuestros cuerpos de una infinita energía. Inagotable, inquieta, adictiva. Energía incompatible al desamor, al descontento, a la inexistencia del deseo, de ese deseo mutuo que perdura desde el primer día que nos entregamos en aquel concierto de besos sin palabras.

A tu lado el tiempo no sabe de edades, ni de achaques. De días asoleados o lluviosos. De noches frías ni calientes. De meses más largos, ni de años bisiestos. A tu lado el tiempo simplemente nos envuelve en ese energético “Black Hole” que nos enseña realmente como se vive en pareja.

Atardeció muy rápido. Los “Indios” ganan a nuestros odiados “Medias Rojas”. Nos miramos. Sonreímos. La noche llega. Agosto corre. El cuarto mes se acerca y una vida nos espera. Una vida, en donde el tiempo parece no existir.


Son las 2:46 am. Espero que amanezca para verte.

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