lunes, mayo 17, 2010

El mar.



Anoche vi el mar en uno de mis sueños y un dardo de nostalgia atravesó el inmenso espacio que nos separa. Solía sentarme todas las tardes para sentir su brisa acariciado mi rostro. Ver el ir y venir de los pesqueros. Unos disfrutando su pesca, otros con la incertidumbre de qué traerían entre redes. Y el mar los guiaba a cumplir sus faenas. Un mar tierno, sensible, afable. Un mar que exhibía sin miedos su naturaleza. Solía además ponerse como un plato liso en el que se reflejaban mis pensamientos hasta chocar en cualquier parte. Relajante para quien quisiera desahogar sus penas. Nutritivo para llenar de aire mis pulmones. Para reactivar el cuerpo. Un cuerpo cansado del trabajo. Un cuerpo deseoso de ti sin apenas conocerte.
Me pregunto qué sería de alguien si olvidara sus malos recuerdos, si borrara la mente y pudiera vivir en blanco en función únicamente de un presente que en realidad no dura mucho. ¿Será imposible?
Anoche en mi sueño, me senté una vez más en ese místico malecón y me sirvió para tirar mis recuerdos. Mis malos recuerdos. Empecé por un yo destrozado sin remedio. Una cabeza desbordada de pensamientos y un enorme caudal de pésimos sentimientos que había congelado en un algún rinconcito de mí.
Decía Platón que el cuerpo humano es el carruaje, el yo, el hombre que lo conduce, el pensamiento son las riendas y los sentimientos los caballos. Me imagino que lo haya dicho pensando en que todo estaba en un armónico equilibrio, porque cuando tenemos mas caballos y riendas que lo que se pretende jalar, el ser humano se minimiza y el yo desaparece. Mendigo estado que ni el mar ni su energía logran componer. Pero que al menos sirve para echarlos con mucho lastre y que se pierdan en su fondo.
Nefastos momentos que aparecen sin ser invitado y tratan de impedir un presente lleno de júbilo, de deseos, y de tantas cosas que me hicieron descreer. Nefastos momentos que intentan negar también el futuro pero que chocan irremediablemente con una sólida estructura.
Anoche en mi sueños, el mar pudo aplacar la tempestad de mi alma y llevarse esa inmensa nube gris que insistía jugar a arrebatarme lo claro, lo nítido, lo real, lo vivo.
Anoche, cuando desapareció el desfile de recuerdos,  desperté de un sobresalto. Estaba empapado. Una enorme ola arremetía contra mí, como en aquellos tiempos en que sentado a la orilla del arrecife me dejaba empujar contra las rocas.  Esta vez fue diferente. Como por arte de magia, empecé  a secarme desde la cabeza a los pies. Parecía que algo succionaba la humedad de mi cuerpo al mismo tiempo que aquellos tristes recuerdos se iban olvidando. Todos se fueron.
Me puse de pié y fui corriendo hasta el baño, prendí la luz y me miré al espejo. Mi rostro se veía pálido y contraído al mismo tiempo. Mis manos sudaban inconteniblemente. Mis piernas temblaban y mi boca marcaba una total resequedad. Una tenue atmosfera fría me cubrió todo el cuerpo al tiempo que una voz de ultratumba susurraba a mi oído: aquí están todos los sentimientos que hundiste en mi seno. Eres libre. Disfruta de todo lo que en este momento te está ofreciendo la vida.
Anoche el mar hizo gala de todos sus misterios y me enseñó que no es imposible borrar la mente. 




Son las 2:00 am. Dudo que pueda dormir.

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